Necio

La palabra necio es el adjetivo que se utiliza para calificar a las personas cuya cualidad es la necedad. Es despectivo en relación a la falta de habilidad intelectual de alguien. Ambas palabras, necio y necedad, proceden del latín nescius, que significa “ignorante o sin conocimiento”. En el latín su antónimo era scientia, que significaba saber, conocimiento, o ciencia.

El término necio es derivado también del verbo latino nescire, que significa “ignorar o no saber”. Como en latín saber se decía scire, la anteposición del negativo ne convierte a la palabra nescire en “no saber o ignorar”, por lo que en conformidad con su origen etimológico la palabra necio significa “el que no sabe lo que debía o podía saber”.

La persona necia se caracteriza por su accionar desacertado, ya que actúa con ignorancia.

Si bien según su concepto el ser humano es necio cuando tiene la condición de la ignorancia, en el lenguaje cotidiano de muchos países latinoamericanos se suele equiparar el término con terco, usando así necedad como sinónimo de terquedad, lo que no es acertado.

La Real Academia define al necio como imprudente o falto de juicio, terco en lo que dice o hace. Pero ello no significa que ambas palabras (necio y terco) sean sinónimos, sino que hay entre ellas una clara interrelación. La terquedad y la necedad comúnmente son características de un mismo tipo de persona, ya que quien es necio muy probablemente defienda su posición con obstinación.

Es muy probable que quien es tonto también sea necio y testarudo (de testa “cabeza”), y que defienda con obcecación sus dichos porque está impedido de razonar las cosas o darse cuenta de ellas.

La ignorancia es entendida como falta de conocimiento, de razonamiento, es decir como desconocimiento, o absoluta ausencia de juicio al llevar adelante con insistencia un objetivo, o un proyecto. La necedad es condición para que la torpeza del hombre necio no pueda medir las consecuencias, ni escuchar los consejos.

También la Biblia habla del hombre necio, imprudente o ignorante. En el Nuevo Testamento de la Nueva Traducción Viviente, el libro de Mateo en su capítulo 7 versículo 26 dice: “Pero el que oye mi enseñanza y no la obedece es un necio, como la persona que construye su casa sobre la arena”.

Y Romanos en su capítulo 1 versículo 21 dice: “Pues habiendo conocido a Dios no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido.” V. 22  “Profesando ser sabios, se hicieron necios…”

Asimismo el libro de Mateo se refiere a las diez vírgenes necias e insensatas (Mt 25.3), que fueron imprudentes a la hora de preparar el combustible necesario para mantener sus lámparas encendidas; sabiendo lo que debían hacer no lo hicieron a causa de su imprudencia y necedad.

La Escritura contrapone la sabiduría con la necedad, “dice el necio en su corazón: no hay Dios” Sal 53.1 en contraposición con lo que afirma Proverbios 1.33 “Más el que me oyere, habitará confiadamente y vivirá tranquilo, sin temor del mal”.

La ignorancia acerca de la existencia de Dios se revela especialmente en la maldad que acecha a la humanidad. Cuanto más nos acercamos a la sabiduría y al conocimiento científico, más cerca estamos de ver revelada en nuestro corazón la existencia del Dios Creador de tanta perfección.

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