La muerte podría definirse como la pérdida total de las funciones vitales, o como el fin de la existencia terrenal. Es un fenómeno universal que simboliza la finitud del ser biológico y social.

La muerte fue y es un tema que algunos tienen dificultad para hablar, asociada con un profundo temor. A pesar del misterio, el hombre siempre rindió culto a sus muertos desde épocas inmemoriales.

Desde el comienzo de los siglos y aún actualmente, la muerte sigue siendo un motivo de reflexión para la humanidad. Abordada por la filosofía y las ciencias sociales, es un tema que nos pertenece a todos.

Cementerio

Sobre la vida y la muerte

Reflexionar sobre la muerte es también reflexionar sobre la vida. Asimilar que la muerte es una dimensión más de la vida nos exige tener el coraje de integrarla.

El tiempo es el hilo conductor que une la vida con la muerte, por eso cada segundo que transcurre es un segundo irrepetible.

La certeza de la muerte es una de las pocas certezas que existen, y ello le confiere mayor intensidad y valor a la vida. Por lo tanto, podemos configurar una vida más consciente y responsable con la propia existencia.

La idea de la muerte es muy difícil de comprender y asimilar, tanto por su carácter irreversible como por la angustia que genera. La angustia que ocasiona, es considerada la más profunda que atraviesan los seres humanos.

¿Qué nos pasa ante la muerte?

Ante el fallecimiento de un ser querido, es tan grande el sufrimiento que ponemos en tela de juicio los fundamentos del ser. Cuando se rompe el vínculo físico con la persona que amamos se caen nuestras más profundas creencias y perdemos el sentido de la vida.

Al vivenciar la pérdida de un ser querido, ingresamos en un proceso de duelo atravesado por el sufrimiento. El duelo es una reacción psicosomática de dolor ante una pérdida importante.

Sin poder ignorar la ausencia irreparable, el hecho tan terrible afecta nuestro yo y relaciones cotidianas. Lo que puede significar que el dolor mal gestionado o canalizado derive en:

La vida eterna

El reconocimiento de la vida eterna facilita la aceptación del fin de la vida como meta última del hombre. El máximo enigma del ser humano sólo encuentra consuelo en la fe en Cristo. Inefable para el entendimiento, la esperanza de vida que trasciende lo terrenal hace menos absurda la existencia.

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